Imagínate que entras en un ascensor de un rascacielos. Cada piso, en lugar de número, tiene una palabra escrita. En cada planta hay diferentes frecuencias, como si se escuchara un tipo de música diferente. Dependiendo de la planta que decidas entrar, tu estado cambiará.
Fuera de los rascacielos el mundo sigue funcionando, los mismos problemas.
Ahora imagina que entras en la planta que tiene este nombre: ALEGRÍA. ¿Cómo te sientes? ¿Cómo ves las cosas desde la ventana de este piso?
También puedes intentar entrar en la que dice: QUEJA. Date una vuelta por la sala y fíjate ¿qué ves? ¿cómo es el mundo desde aquí? ¿cuál es tu sensación ahora?
Otros con nombres como estos: PACIENCIA, CALMA, SERENIDAD, PERDÓN, FUERZA,… son pisos donde se vive un estado ligero y amable. Curiosamente son los de arriba de todo.
En cambio, hay algunos que tienen por nombre: MALHUMOR, PRISA, ODIO, CULPA, TRISTEZA,… en estos casos el estado es pesado y denso.
Y el orden lo impone la fuerza de la gravedad: los más densos, son los pisos que están más abajo, y los más ligeros, son los de más arriba.
Ahora imagina que no tenemos ascensor. El impulso de la vida nos hace empezar a ascender por las escaleras. En los primeros pisos se viven sensaciones muy densas, todo se hace muy pesado, incluso algunos espabilados han montado tenderetes con sustancias tóxicas para hacerlo más ligero, y también mesas con pasteles bien dulces y cajas con medicinas llenas de química, todo ello prometiendo un “pase express” para llegar a los pisos de arriba sin esfuerzo.
Y es que el esfuerzo para seguir subiendo se puede regular. No estamos preparados para pasar de 0 a 100 en pocos segundos. Nuestro motor interno siempre avanza si permitimos que lo haga a su ritmo.
A los pisos de arriba sólo tienen acceso aquellos que han logrado aprender sobre la paciencia, la perseverancia, el autoconocimiento del propio ritmo, la humildad, el autoamor. Todas estas cualidades se aprenden. Son los retos que tenemos como humanos. Eso sí, aprenderlas tiene un coste, bien por el desgaste de atravesar los obstáculos que nos vamos encontrando, bien porque invertimos dinero en terapia/cursos/libros.
¿Y cuál es el premio de subir a lo más alto del rascacielos? Tener las mejores vistas, los mejores amaneceres y puestas de sol, la mejor perspectiva de cualquier situación, más luz solar y ninguna sombra que nos tape, en definitiva, BIENESTAR, ¡BIEN-ESTAR!
Si te cuesta seguir subiendo escaleras quizá sea porque no confías en la posibilidad de que la vida se te haga más amable. Ahora ya sabes cuál es la clave para acceder a los pisos de más arriba, y estoy convencida de que: Yes, you can!
Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.
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