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Acabo de aterrizar de un seminario sobre la muerte y el acompañamiento al duelo. Supongo que esto de aterrizar me sale porque tengo la sensación de haber estado en otra dimensión.

 

Nadie quiere hablar de la muerte. De hecho, ni pensar sobre ella, y es la única cosa que sabemos con certeza que nos pasará a todos. Tendríamos que hablar de ella más a menudo y establecer una especie de protocolo de deseos. Lo más aceptado es ir al notario a escribir el testamento, y aún así, nadie lo cuenta, no sea que parezca que llamen a la muerte.

 

Cuando hablo de deseos me refiero a todo aquello que quisiéramos que pasara el día que marchamos. Quizá quisiéramos escoger el vestido o el color del esmalte de las uñas, que hicieran juego. Quizá quisiéramos que se creara un espacio donde los que queden puedan hablar de nosotros, de aquello que les hizo sentir bien, o de aquello que supuso un aprendizaje, aunque fuera una experiencia dura, … Y todo ello acompañado de buen vino, del que más nos gusta, para dejar fluir las emociones con toda libertad.

 

De cualquier forma, tendría que ser un ritual más vivo, no tan muerto como los que hacemos aquí, en esta parte de Occidente. Porque los que quedan no son los muertos, ellos ya saben perfectamente donde están.

 

Y es que la muerte, en sí misma, tiene que ser preciosa. Es el momento de desapego por excelencia. Recuerdo que viví una sensación que debía ser parecida, leyendo el libro “Las voces del desierto”, de Marlo Morgan. Se trata de una historia real, donde la protagonista, una periodista norteamericana, se propone hacer una tesis sobre los aborígenes australianos, por lo que necesita hablar con ellos sobre el territorio, y se fue a Australia. Lo primero que le hacen hacer antes de entrar en su territorio, es dejar todas sus pertinencias en el suelo, incluyendo la ropa que lleva, quedándose completamente desnuda, y el bolso, con las llaves de casa, toda la documentación que la identifica, el móvil (creo que en la historia real todavía no habían móviles, pero es para ponernos de lleno en las sensaciones). Seguidamente, lo amontonaron todo y prendieron fuego. De esta manera se aseguraban que allí solo entraba ella, su cuerpo y el alma que lo habitaba.

 

A partir de aquel momento, estuvo acompañada de unos humanos en las mismas condiciones. Allí sólo contaba la presencia de los sentidos. Gracias a entrenarlos y a tenerlos bien agudizados, la supervivencia estaba garantizada. Lo mejor de todo era la intensidad del presente. Y creo que se debe parecer bastante a la muerte y lo que viene después. Cuando nos marchamos con la muerte, marchamos con el presente puesto. El pasado y el futuro ya no nos sirven para nada.

 

El reto es conseguir estar desapegados de todo: de las pertenencias materiales, de los hijos, de la pareja, del trabajo que hacemos, de los proyectos… ¿quién se atreve? Los que lo consigamos en vida, se nos garantiza vivirla con salud y más pasión, de manera que cuando la muerte nos venga a buscar, nos encontrará bien vivos.
La conclusión que he sacado del seminario es que morir no es lo que nos da miedo. Lo que verdaderamente tememos es vivir. Qué paradoja, se nos da un campo de juego para jugar, que es la vida, y a menudo nos quedamos en la grada mirando, como si jugar fuera peligroso, donde la peor amenaza es “¿y si no sé jugar?”.

Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.