Dicen que la mente está formada por dos partes, el consciente y el inconsciente. La imagen más conocida para explicar cómo funciona cada una de estas partes es la del iceberg. La parte visible, la que vemos por encima del agua, correspondería a la parte consciente, y la que está sumergida en el océano sería el inconsciente.

 

El inconsciente, la mayor proporción del iceberg, representa el 95% de nuestra capacidad mental, y es la parte que no vemos, que tenemos sumergida, de la que no tenemos el control. ¡Y nos creemos que somos los dueños del mundo con un 5% de mente consciente!

 

Una parte de este inconsciente es la que se ocupa de hacer todas las funciones biológicas de nuestro cuerpo, ahorrándonos tener que poner atención. No me puedo imaginar el trabajo que me supondría si tuviera que dirigir todas mis células minuto a minuto, segundo a segundo. Muy probablemente me moriría por no ser capaz. Todo mi agradecimiento a esta parte de la mente.

 

También agradecida por hacerme capaz de automatizar hábitos y funciones, tales como conducir mientras pienso en otras cosas o caminar mientras repaso la lección.

 

Otro trabajo que tiene el inconsciente para poder funcionar en «automático» es grabar las percepciones que vamos teniendo durante la infancia y hacer los cálculos correspondientes ante cada situación, para así protegernos. La mala noticia es que esta interpretación inmadura de la vida actúa de programa o software para nuestra edad adulta. O sea que si de pequeña interpreté que nadar era peligroso, lo más probable es que de mayor me dé miedo el mar o las piscinas demasiado profundas, y me perderé el placer de sumergirme entre peces o de tirarme de cabeza desde un trampolín.

 

De forma automática tomo muchas decisiones diarias, sin planteármelas. Seguro que durante nuestro crecimiento temprano es un mecanismo de protección ante tantas novedades que vivimos. Casi debe ser como la comparativa de tener que controlar el movimiento celular.

 

Si nadie me dice que esto se puede cambiar, transformar, me quedo anclada en aquellas primeras interpretaciones con prisma infantil, y dejo de vivir miles de experiencias. Y la vida queda limitada en una estructura pequeña, segura pero incompleta.

 

La buena noticia es que este software lo podemos desactivar y crear uno nuevo, a la medida de la madurez del momento en que nos encontramos.

 

Hay técnicas para quien le guste sumergirse y conocer cómo se formaron esas primeras ideas y porqué. Las hay que ni siquiera se ha de analizar el proceso, sólo hay que plantearse qué software necesitas en este momento de la vida y punto.

 

Poner conciencia significa darse cuenta de las limitaciones y transformarlas; descubrir los talentos y potenciarlos; pasar información del inconsciente al consciente para favorecer a uno mismo y su entorno. De esto también lo llaman hacer un proceso de autoconocimiento, crecimiento personal, evolución consciente.

 

Me pregunto si con el cambio climático dejarán de existir los icebergs. ¿Qué pasará entonces con nuestra conciencia? ¿También quedará inundada en el océano del inconsciente? Quién sabe, tal vez forma parte de la evolución universal dormirnos para no sentir el dolor del apocalipsis. Ahora bien, el corazón me dice que nada está decidido, que todo se puede hacer.