La primera vez que lo vi me tuve que parar. Me encontraba a unos cuantos metros de distancia, y no podía avanzar para no perder la visión de su magnitud.

Su tronco es grueso, más ancho que mi ancho. Su corteza es estriada pero esto no lo descubrí hasta que me acerqué. Se torsiona sobre sí mismo, elegantemente hacia el cielo, como si estuviera practicando una «asana», o postura, de yoga.

Lo que más me cautivó es la apertura y la extensión de sus ramas, como si fueran brazos vigorosos abiertos al sol y a la luna, entregados a la abundancia, de la luz y de la lluvia.

Está bien acompañado por unos ejemplares de la misma familia. Todos son bellísimos, pero ninguno me atrae tanto como este. Tiene un qué que lo hace muy especial.

Además, es tan generoso que en el cáliz donde se forman sus ramas se ha podido injertar de forma natural un roble. Su energía da para eso y mucho más.

Cada vez que lo voy a ver siento que ya me espera, y me emociona, la piel se me eriza. Incluso si vengo de arriba le veo la cara, me sonríe, siempre.

Me siento a su lado, noto su permiso. En silencio, respiro y reposo. Y escucho. Primero atiendo el piar de los pájaros, el ruido del pequeño río que hay más abajo, la brisa que mueve las hojas y me acaricia las mejillas, los cencerros de las vacas que pastan más allá, …

Y en un tiempo que no sabría definir, llega el momento mágico. El árbol y yo, yo o el árbol, yo qué sé, una sola cosa que danza y siente. Hay como un diálogo, pensamientos que se asean, dudas que se aclaran, ideas que aparecen, … .también lágrimas que brotan como si el río también estuviera.

Mi amigo árbol, que me es leal incluso cuando lo dejo y tardo en volver. Siempre lo reencuentro, simplemente Siendo, siendo el árbol.

 

Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.