Un día cualquiera de vacaciones, en un pequeño valle rodeado de verdes y azules, he tenido una experiencia nueva. De subida hacia el río iba bien calzada con mis botas, para evitar que la rugosidad del terreno me perjudique los tobillos. Pero después de una zambullida en el agua cristalina y gélida entre rocas y cascadas, y habiendo permitido secarme y calentarme por un intenso sol de verano, he decidido hacer el camino de vuelta descalza.

 

No soy una habitual en esto de andar descalza por casa. Soy como aquella princesa del guisante, enseguida que noto una miga bajo el pie ya me inquieto Aún así, el empuje joven y con pocas manías de mi hija mayor, me anima a seguirla.

 

Descubro que la experiencia es una metáfora de la vida. Hay trocitos donde encuentro rocas planas y lisas que son amables con mis pies. Hay otros que están mullidos de hierba fresca y suave y a ellos les parece que pisan sobre algodón. Pero hay tramos que son realmente duros, llenos de piedras pequeñas y medianas, algunas de ellas bien puntiagudas que no puedo evitar.

 

Mi presencia es absolutamente plena, con todos los sentidos agudizados. La conciencia me dice que no le ponga ningún tipo de juicio, que lo viva “solo” como experiencia. Así, consigo que cada paso sea diferente y me fijo en todos los matices que lo acompañan. Es un avanzar sin prisa pero sin pausa.

 

Me doy cuenta que los tramos amables los hago deprisa. En cambio, para pasar los incómodos dedico más tiempo. Como en la vida misma, cuando estamos a gusto en una situación, el tiempo pasa volando, y cuando son momentos tristes o angustiantes, parece que se haya parado el reloj.

 

Entonces añado a la experiencia la respiración profunda. Ahora sí que he acertado. De esta manera disfruto todavía más del camino dulce y llano y, por otro lado, cuando me encuentro aristas que me provocan dolor, la respiración lo hace más ligero y el paso se apresura empujado por el otro pie.

 

He escuchado más de una vez que a la vida se ha venido a sufrir y lo he percibido con todas las connotaciones negativas de la palabra. Ahora lo interpreto diferente. Nuestro cuerpo está dotado de sentidos (físicos y emocionales) que nos permiten experimentar sensaciones diferentes. Si no le pongo ningún juicio es como un juego, donde lo importante es participar. Si no siento nada quiere decir que no estoy jugando, o dicho de otra manera, no honro la vida con toda su plenitud.

 

Vivido así, el camino de piedras ha sido maravilloso, toda una aventura para repetir. Y la vida, a partir de ahora, la pisaré repirándola profundamente.

Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.