Durante la infancia podríamos decir que somos lo que vemos y escuchamos, como si fuéramos ojos y oídos con patas. Además, el cuerpo experimenta sentimientos, que no tienen ni forma ni color, pero se dejan sentir. El cerebro hace cálculos constantemente con los datos que recoge de lo que ven los ojos, lo que escuchan los oídos y de lo que siente el cuerpo, todo ello para adaptarse al medio, para sobrevivir.

 

Y mientras tanto vamos creciendo con muchísimos datos para procesar, sin ningún «coach» que nos ayude a reinterpretar y resignificar cada cosa que hemos visto, oído o sentido. Ningún método «Kondo» que nos ayude a ordenar, que nos ayude a aprender cómo soltar aquellos recuerdos y sentimientos que no nos hacen bien y ya no nos son útiles.

 

Para algunas personas la adolescencia es la edad bendita, la que les permite estallar como si fueran perros salidos del agua, con fuerza y ​​salpicando a su alrededor. La «Kondo» diría que es como sacar el cajón y ponerlo boca abajo. Pero con la energía desbocada propia de la edad, el peligro es que quede todo esparcido y no haya manera de volverlo a ordenar. Esto si se tiene la suerte de poder hacer un buen meneo. Hay personas que pasan por esta etapa con el tapón bien enroscado, no sea que hicieran quedar mal a la familia o al estatus.

 

Sea como sea, en algún momento la vida nos pide poner orden. Cuándo hacerlo, depende de cada uno y del nivel de resistencia a la incomodidad que ofrece el desorden.

 

Es recomendable comenzar por aquel «cajón» que usamos más y que nos hace sufrir cada vez que entramos. ¿Cómo saber cuál es? Afortunadamente nos vamos encontrando con muchas pistas. Por ejemplo:

 

  • Si te encuentras a menudo con situaciones donde te sientes rechazado, toca revisar en qué primera relación te sentiste así. Es muy probable que fuera con la madre, que lejos de su intención de rechazarte, tuvo que hacerte a un lado para atender lo que para ella eran otras prioridades (un hermano recién llegado; unos ancianos a los que atender ; un trabajo de 40 horas semanales; un hermano hospitalizado por una enfermedad grave; …). Si eres adulto y tienes esta herida, poner conciencia te puede ser muy liberador y saludable.
  • Si eres muy maniático de la limpieza y el orden, puede ser el reflejo de tener un interior desordenado y sentirte sucio, deseando constantemente esconderlo tratando de que tu exterior luzca. Revisar tus creencias familiares y hacer un trabajo de introspección para descubrir qué es lo que te hace sentir sucio, te puede ahorrar un montón de tensión diaria, a ti y los que conviven contigo.
  • Si eres de los que les cuesta hablar y afrontar los conflictos, te puede estar informando de dinámicas familiares dominadas por el miedo. Toca descubrir quien hacía callar con autoridad o quien tenía miedo de las personas autoritarias. Probablemente los dos modelos eran personas temerosas. Hacer un trabajo de revisión de los propios miedos te puede hacer crecer y madurar, haciendo fluir todas tus relaciones.
  • Si eres de los que estás sobreprotegiendo constantemente y acabas exhausto, te puede estar hablando de la falta de protección que no sentiste. Habla con tu niño interior y díle que ahora eres tú quien lo protege, y deja que los demás aprendan por sí mismos. Esto te hará a ti, y a tus seres queridos, personas independientes, y con quien será un placer compartir espacios en vez de molestaros.

 

Hay miles de espejos por todas partes que nos informan qué cajón tenemos desordenado. En vez de mirar hacia otro lado, mira de qué te está informando. Es el regalo que la vida nos va haciendo constantemente porque sabe que si estamos ordenados podemos disfrutar más de ella.

 

Y a ti, ¿qué pistas te da la vida? ¿Entiendes que lo hace para que la disfrutes más, con salud y bienestar?

 

Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.