vergüenza en su justa medida

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Tal com está el patio, especialmente el político, la palabra “sinvergüenza” aparece a menudo en las tertulias, sean públicas o privadas. Me fijo que hay quien, en vez de decir que van escasos, directamente utilizan la expresión “¡qué vergüenza!”. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿tienen poca o tienen mucha?

 

Me doy cuenta que esta palabra tiene muchos matices. Generalmente va relacionada con el juicio que hacemos de las cosas, ¡y no sabemos hasta qué punto le damos poder!. Hay los que, pendientes del juicio de los demás (o del propio, todavía peor), no se atreven a hacer ningún cambio. Es como si al curso de la vida tuvieran puesto el freno de mano.

 

Mostrarse puede dar mucha vergüenza, y como si se tratara de una crema solar protección 50, nos la ponemos encima y así nos protegemos de quemaduras, o no hacemos el ridículo. Recuerdo haberme puesto colorada mil veces en situaciones diversas, como cuando me preguntaban la lección de pequeña, o cuando, ya más mayor, tenía que hacer alguna gestión de adulto sin experiencia. Y es que la seguridad te quita la vergüenza. Pero entonces, si la confianza en mi misma me ha ido anulando este sentimiento, ¿és malo no tener?

 

Seguramente la palabra más oportuna en este contexto es la que tenemos en catalán “seny”. Sería lo mismo hablar de equilibrio, o sea, ni mucha ni poca. Si tenemos demasiada vergüenza, vamos frenados; si tenemos poca o ninguna, vamos acelerados. Y claro, cuando uno va acelerado no tiene el tiempo necesario para reflexionar, valorar y hacer en la medida justa aquello que es bueno para uno mismo y para los demás. ¿Deben ir así algunos políticos?

 

Y después hay la vergüenza profunda, que es muy diferente. Esta se instala en el inconsciente, haciendo la zancadilla tanto como puede. La mayoría de veces, hasta donde yo he podido descubrir, tiene que ver con el sentimiento de no merecer alguna cosa. En las historias familiares pasan todo tipo de cosas (la realidad siempre supera la ficción): pobreza, enfermedades, abortos, estafas,  infidelidades, adicciones, asesinatos, guerras,… Quién más quién menos, a todos nos resuena alguna, y esto nos puede hacer sentir sucios o de no ser merecedores.

 

La manera de purificarse es diversa. Hay quienes practican la religión con devoción; otros hacen de su vida un ejemplo de pureza haciendo deporte o apuntándose a dietas depurativas; algunos limpian la casa como si le tuvieran que quitar una capa; otros se boicotean a todos los  niveles pensando que así compensan tanta culpa que sienten. Y más métodos que no me atrevo a escribir.

 

Yo escogí tomar la esencia floral del manzano silvestre (Crab Apple), la gran limpiadora del sistema del Dr. Bach, por si acaso…
Sea cual sea la manera, nos tenemos que sacar la vergüenza de más y quedarnos con la justa medida. En cualquier caso sirvan estas reflexiones para poner conciencia, para liberarnos de la que no nos pertenece que nos hace ir frenados, y para añadir la necesaria cuando vamos acelerados. Y tú, ¿en qué grado de vergüenza estás?