cuando la muerte nos venga a buscar, que nos pille ligeros

 

Constato a menudo que hay mucho miedo a la muerte. Lo entiendo, es un misterio, y a los humanos nos aterra no tener las cosas controladas. Paradójicamente, es la única certeza que tenemos: un día, la muerte nos vendrá a buscar. Probablemente necesitamos que sea un misterio para estimularnos a inventar filosofías o métodos que nos hagan aprender a vivir en la incertidumbre.

 

El neurólogo Nolasc Acarín (Barcelona, 28 de marzo de 1941) explica en una entrevista en la revista digital Catorze:

 

Lo que sería normal es que no estuviéramos [aquí en la Tierra]. Que estemos es una anormalidad. La prueba es que hace tiempo que la humanidad persigue señales de vida fuera del planeta y no las encuentra. Somos una excepción. La Tierra estaba en un cultivo y una temperatura favorables, se formaron unas cadenas de proteínas y aquí comenzó la historia. Fue por casualidad.

 

Quizá nos tomemos las cosas demasiado en serio y nos creamos demasiado importantes. Así lo explica un científico, esta es su visión.

 

Ahora bien, hay algunas filosofías que hablan sobre la eternidad de una energía o espíritu. Dicen que el cuerpo humano sólo es un vehículo que sirve para experimentar, que está al servicio de este espíritu. Dicen también que no hay suficiente con vivir una sola vida para experimentar todo lo que necesita el gran espíritu, que hemos de encarnar tantas veces como sean necesarias para vivirlo todo, absolutamente TODO.

 

Personalmente, me atrae pensar que es así, me estimula a vivir como si fuera una aventura, una especie de gincana.

 

Si realmente fuera así, dicen que el espíritu, para pasar de un estado a otro, tiene que ser ligero. Si fuera denso, espeso, compacto o pesado, se le haría difícil elevarse a la frecuencia adecuada para evolucionar.

 

¿Qué nos haría tener este espíritu denso o pesado?

 

Todos aquellos estados que suelen calificarse como negativos: el rencor, los miedos, el materialismo, el egoísmo, y también la enfermedad, el sobrepeso, el fumar, el sedentarismo… Todos ellos son frecuencias de baja vibración que hipotéticamente quedarían en el espíritu una vez el cuerpo quedara sin vida, con la consecuente dificultad para seguir su camino.

 

A veces he conocido personas con tal punto de desesperación que desean acabar con su vida. Desde mi punto de vista, están en su derecho, es el libre albedrío. Pero, por si acaso, siempre les recomiendo que antes de marchar, intenten aligerarse el peso. Estos estados más densos –emocionales, psicológicos ó físicos– tienen la capacidad de transformarse, y valdría la pena intentarlo.

 

¿Para qué tendría que intentarse? Si marcharan de la vida sin hacer esta transformación, según estas teorías, no podrían liberarse de toda la densidad tan fácilmente. Hay quien habla de “purgatorio”, y no hacen demasiada buena publicidad…

A parte de que estos pensamientos sean ciertos o no, estamos de acuerdo en que vivir en uno de estos estados densos no es nada agradable. El antídoto, parece ser, es el AMOR, que a todos nos hace bien, y en cambio, quizá es lo más difícil de vivir, de percibir y de comunicar. Aprenderlo, dicen, es el camino. La vida cobra un sentido más rico y pleno, se aligera el espíritu, a punto para seguir evolucionando, aquí y donde sea necesario.

 

Pero quizá todo esto sea sólo un mecanismo para no sentir el miedo, y deberíamos verlo como el científico: pensando que estamos aquí por casualidad y no creyéndonos tan importantes.  

 

Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.