Viajaba en un tren rápido y, poco a poco, se paró. Se detuvo en un puente.

 

Me dirigía al mismo lugar de siempre. Tan conocido que ya no miraba el paisaje ni las nubes en el cielo.

 

Los primeros pensamientos fueron que sería una parada momentánea. Tuvimos que aceptar que no llegaríamos a nuestro destino a la hora programada, pero con los avisos correspondientes a las personas que nos esperaban, empezamos a tomarlo con calma. Ya nos iría bien un poco de retraso para poder acabar de leer el libro que teníamos entre manos. También para poner orden al bolso o a la cartera, de papeles y cosas inútiles. Los móviles nos entretenían, parece ser que no era el único tren que se había parado y los mensajes creativos corrían de unos a otros. Había algunos alarmantes, que si era una conspiración del demonio que quería atraparnos en los vagones. Había muchos que eran inspiradores, cantando a viva voz por la ventana o enseñando ejercicios por la falta de movimiento.

 

Parados en un puente.

 

Nos hacíamos conscientes de nuestro respirar y del de los que teníamos cerca. Añorábamos acariciar a las personas amadas que estaban en otros trenes. De repente, nos parecían maravillosos los colores de la naturaleza, que justo empezaban a estallar por la primavera. Los pájaros piaban y revoloteaban con una alegría que desconocíamos. Había quién viajaba cerca del mar y podía ver los delfines saltando con la libertad que tanto anhelábamos.

 

Parados en un puente.

 

Empezamos a pensar que al otro lado del puente las cosas serían diferentes. Dejábamos atrás un mundo conocido y nos adentrábamos en la incertidumbre de una nueva manera de hacer y de vivir. El miedo se instalaba en muchas cabezas, como si se hubieran creído que no sabrían vivir en un mundo nuevo, como si creyeran que la vida solo servía para las cosas conocidas. 

 

Parados en un puente.

 

Un puente que simbolizaría un rito de paso. Como cuando se celebra una boda que se prepara con muchos meses de antelación, para celebrar con todos los honores el cambio de vida de la pareja y la madurez conseguida para poder emprender una vida fuera del nido. Del mundo conocido al mundo nuevo.

 

Parados en un puente.

 

Tiempo de gestación y creación de nuevos hábitos, más saludables para los humanos, la economía y la naturaleza.

 

Podría pasar que el tren solo se pusiera en marcha justo para cruzar el puente. Y se detuviera para siempre. Tendríamos que abandonarlo y continuar el camino a pie. 

 

Habría quién se quedaría apegado al asiento, aterrado por no poder volver atrás, a todo aquello conocido que había quedado antes de cruzar el puente. 

 

Otros valorarían el propio latido de su corazón, la capacidad de caminar y de respirar; y se dejarían cuidar por los nuevos familiares, aquellos con los que hubieran compartido ese último trayecto. El amor que emergiera entre tantas personas hasta entonces desconocidas, sacaría la fuerza y el coraje para seguir caminando en un mundo nuevo. Para seguir viviendo.

 

Podría pasar…

 

Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.