Hace unos días escribí una carta al miedo. Le decía, entre otras cosas, que le necesitaba en su justa medida. Ni mucho ni poco. Ni a todo ni a nada. Solo en la cantidad suficiente para proteger mi integridad. Era una declaración de amor, un reconocimiento. Además, le prometí que continuaría hablando de él.

 

El miedo, en si, da miedo. Pero, ¿por qué?

 

Intento imaginar la primera vez que tuve miedo. No lo puedo recordar, pero sí que puedo hacer alguna hipótesis. Debía encontrarme dentro del vientre de mi madre. Desde allí podía sentir todo lo que ella sentía. Si ella tenía dudas de poder tirar adelante una familia numerosa, yo sentía su miedo. Si ella estaba viviendo la enfermedad de su padre, yo sentía su miedo a perderlo. Si ella sufría que no se hicieran daño mis tres hermanos que todavía eran unas criaturas, yo sentía su miedo

 

También me puedo imaginar el miedo que las dos debíamos sentir en mi momento de nacer. Ella se preocupaba que yo estuviera bien. Yo porque todo era muy estrecho, no podía moverme, y la casa que me acogía se convertía en una montaña rusa, ahora arriba, ahora abajo.

 

De los miedos de mi madre solo pude experimentar la sensación corporal. Era imposible hacer un razonamiento y una comprensión lógica. Lo que me debía llegar, como poco, era tensión. ¿Cómo lo debía gestionar mi cuerpo? Seguramente con más tensión.

 

A partir de aquí, sin el cordón que me unía a mamá, las tensiones debían continuar. El dolor de mi estómago al tener hambre, debía provocarme tensión, que a su vez mi cuerpo reconocía como la memoria de un malestar anterior, y añadía más tensión.

 

La lista podría ser larguísima. No sé cuántos años pasaron hasta que pude empezar a gestionar alguna de las tensiones que la vida me hacía experimentar. En todo aquel tiempo, los miedos pasados debían quedar grabados en alguna parte de mi, en forma de estrés, porque no había comprensión.

 

Al tener una cierta edad, aún pequeña, debí empezar a poner palabras a todo aquello que me originaba tensión: miedo a la oscuridad, miedo a estar sola y desprotegida, incluso miedo al “hombre del saco”… pobre de mi, aquí se abrió un mundo sin fin, el miedo imaginario.

 

La capacidad de imaginar es propia de los humanos. Es un gran don que hay que conocer cómo utilizar para nuestro beneficio. De no ser conscientes de su gran poder, puede llegar a ser muy destructivo. Y los miedos imaginados son los que dan más miedo.

 

“El miedo que tengo a admitir que tengo miedo”, a menudo es porque forma parte de unas sensaciones corporales que reconocemos como desagradables, pero no sabemos poner palabras. Además, acostumbran a formar parte de nuestro mundo imaginario, y la dificultad se hace más grande. Intentar gestionarlo desde la lógica se hace imposible, el camino tiene que ser diferente.

 

Lo que quedó grabado en nuestra memoria corporal se puede sanar. La medicina china lo llama “desequilibrios energéticos”. Actualmente hay muchas técnicas y remedios que nos liberan de ellos. Dejar de cargar tanta tensión es esencial para mantener el flujo de la energía al servicio de nuestras necesidades físicas, mentales, emocionales y espirituales.

 

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