cuando quiero salvar a todo el mundo

 

Soy la menor de mis hermanos, la que nació última. Cuando era niña quería ser la mamá de todos, y para que fuera más creíble, me calzaba los zapatos de mi madre. Como nadie se dejaba mandar por mi, lo hacía con mis muñecas y peluches. Mis hermanos disfrutaban llamándome “mama-llufa” (argot particular de mi familia) …todavía recuerdo como se reían, ahora con cariño, en aquel momento no tanto.

Quizá me entrenaba para cuando fuera mamá, quien sabe. La cuestión es que cuando he tenido la oportunidad de serlo, he vuelto a conectar con esos juegos infantiles y ponerme en el lugar de la “salvadora”, esta vez con todos los derechos. Me lo he pasado pipa, sobre todo cuando mis hijas eran obedientes. Cuando no, me tenía que poner el vestido de malhumor, qué remedio, y descubrí que este también era uno de los disfraces necesarios.

Me fijo en la frase de arriba “esta vez con todos los derechos”, y pienso en las veces que he querido salvar a otras personas sin tener derecho. Personas a las que quería poner una alfombra con todas las soluciones que se me ocurrían para que su travesía no fuera tan dura. Daba lo mismo si eran amigas, hermanos o la propia madre.

Con el tiempo y el trabajo personal, he podido constatar cuánta arrogancia había crecido en mí. Me había creído que los podía salvar, y resulta que, al contrario de mi propósito, lo que alimentaba era su debilidad.

Bert Hellinger lo describió en su libro “Los órdenes del amor”. La madre y el padre tienen el derecho, y la obligación, de atender y cuidar a sus hijos. Cuando los hijos se colocan inconscientemente en la posición de madre o padre de sus propios padres, se crea un desequilibrio. Lo mismo diría de hermanos mayores que se han creído con la responsabilidad de cuidar de los más jóvenes, o lo que puede ser muy perjudicial, cuando uno cree que la tiene sobre la pareja.

Como mi caso he visto muchos más, de todos los colores. Acostumbramos a estar etiquetados con “es que es muy sufridor/sufridora” y esto está socialmente bien aceptado. No obstante, esta aceptación no deja ver la carga que se tiene que soportar, un peso que no corresponde. Cada uno ha de cargar con lo que es suyo. Por un amor ciego infinito, nos creemos capaces de cargar con todo, lo que nos pertenece y lo que no. Y este es el trabajo, identificar de quién es cada cosa. De otra forma, ni crecemos ni dejamos crecer. Enfermamos el cuerpo y las relaciones.

Con el trabajo de las Constelaciones Familiares de Hellinger se facilita el orden, y cuando todos ocupan su lugar, hay liberación y empoderamiento, en todos los casos. Si lo quieres probar, contacta conmingo.

Laura Pedró Xaus. Todos los derechos reservados.

2019-09-23T09:41:30+00:00